Creo que una de las pocas cosas en la que estamos todos de acuerdo es que Bitcoin y todo su ecosistema nació en el 2009. A partir de allí, cada quien ha ido construyendo su propia narrativa, aunque tenemos algunas coincidencias. En el diseño del futuro, podemos ver cómo las mil cabezas del salto evolutivo avanzan.

En este momento, atravesamos unas de esas transiciones humanas, donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de extenderse. Es más, si revisamos nuestra historia podemos confirmar cómo siempre quedan rezagados en estos procesos. Los cambios y transformaciones producen espectaculares desarrollos, pero también han generado brechas importantes.

Cuando hablamos de que tenemos actualmente más de 1,7 mil millones de personas no bancarizadas, no hablamos de cualquier cosa. Incluso si profundizamos un poco podemos estimar que otras mil millones de personas están realmente desatendidas por el sistema actual.

Esta situación totalmente inaceptable se podría de hecho exacerbar de expandirse la era digital al ritmo que llevamos. Una de las mil cabezas del salto evolutivo, es ese «futuro» sin dinero en efectivo que ha acelerado el crecimiento de la banca digital. Los grandes bancos dividen sus estructuras y adquieren fintech y startups para intentar adecuarse a los tiempos.

Las respuestas del sistema tradicional, frente a la disrupción del Bitcoin y las criptomonedas, es cambiar para asegurar básicamente su negocio. Todavía muchos dentro de la comunidad criptográfica siguen con el ritornelo de que la banca desaparecerá, por obra y gracia de Súper Cripto.

No terminan de asimilar que el desarrollo de la humanidad es mucho más complejo que una serie de códigos y algoritmos. La verdadera fuerza del Bitcoin y las cripto reside en comenzar a reconocer lo variado y compuesto de nuestro mundo.

Las mil cabezas del salto evolutivo representan precisamente las intensas luchas por el poder.

Las mil cabezas del salto evolutivo

Hemos podido revisar en ocasiones anteriores cómo, evidentemente, el desarrollo del Internet del valor está cambiando las reglas del juego. La entrada del Bitcoin encendió algunas alarmas dentro de los sistemas tradicionales. Sin embargo, fue la posibilidad real de que una corporación como Facebook produjera su propio dinero lo que incendió las praderas.

Porque no sólo es la facultad de emitir dinero, sino las implicaciones de que miles de millones lo adopten y lo usen cotidianamente. Eso, sin lugar a dudas, resultó inaceptable para los poderes establecidos.

Es más, y aunque a algunos cripto-apasionados no les guste, Libra puso el dedo en la llaga y alborotó el ambiente.

La inclusión financiera aumenta la movilidad social y puede impulsar un crecimiento del PIB de cualquier país.  

En nuestra serie del pasado año, «Un banco en las nubes», pudimos ver cómo se estaban dando los acomodos. Revisamos los actores que entraban en escena y les recomendamos que mantuvieran su mente abierta. Hoy podemos ver cómo los anuncios pasados este año se están convirtiendo en realidades palpables.

Nadie está dispuesto a entregar mansamente el poder que detenta. Si ese poder, en lugar de hacer un bien, se ha convertido en algo dañino, es lógico intentar cambiarlo. Ahora, quienes pretendan sustituir estos poderes deben tener bien claro que nada esta desconectado hoy en día. El mundo en general es una inmensa comunidad de distintas, disímiles y muchas veces contradictorias relaciones.

Ninguno tiene hoy en día el poder total, ni puede por sí solo imponer sus intereses de un golpe. La multipolaridad es una realidad que puede tener en el Bitcoin y las criptos un aliado formidable.

Ahora, no olvidemos que ni la blockchain sirve para todo, ni Bitcoin es el salvador del mundo, y mucho menos las criptomonedas son todas buenas.

Un salto evolutivo y varias vías

La evolución inminente que se origina del Internet comunicacional, del Bitcoin, la cadena de bloques y el Internet del valor hay que colocarla en contexto. Comprender que es un todo que se está desarrollando y que todas esas tecnologías tienen vinculación directa con la política, la economía y lo social marca las posibilidades.

La transformación de las finanzas lleva consigo cambios en la sociedad, pero ésta no se modifica sola y no depende única y exclusivamente de la tecnología.

En Latinoamérica existen alrededor de 320 millones de personas sin acceso real a servicios bancarios o financieros. De este total, según datos del Banco Mundial, unos 78 millones son de México y otros 61 millones de Brasil. En otras palabras, un 44% de los no bancarizados de la región se concentran en estos dos países. En el caso de México, se calcula que unos 70 millones de personas tienen acceso a Internet y unos 50 millones tienen un teléfono inteligente. Para rematar, una encuesta de Gallup nos habla de que tres de cada cuatro personas que usan la banca tradicional están descontentas o indiferentes con su banco.

Todo este contexto mexicano se adereza con la aprobación en 2018 de una ley fintech o de tecnología financiera. Con sus cosas positivas y negativas, regula los mercados de criptomonedas, del crowdfunding y el entorno fintech.

De esta manera, tenemos un escenario que debería ser en extremo propicio para que el Bitcoin y las criptos irrumpieran con fuerza y explosionaran el sistema. Y eso no ha sucedido en lo absoluto, sin negar un relativo avance cripto, pero quienes crecen rápidamente son las opciones fiat no tradicionales.

Combinando diversas tecnologías, estas fintech están logrando posicionarse y desarrollarse rápidamente hacia los no bancarizados. Las mil cabezas del salto evolutivo constituyen un todo.

Evolución por etapas

Brasil, por otra parte, tiene el mayor número de fintech de la región y concentró el 70% de la inversión en Latinoamérica en el año 2019. Alrededor del 10% de los fondos que han participado en estas rondas pertenecen a entidades financieras tradicionales. Los neobancos y los préstamos son las plataformas de mayor crecimiento, recibiendo hasta un 81% del total invertido.

¿A dónde vamos, en definitiva, con todo esto? En primer lugar hacia algo que es por demás obvio: tenemos unas finanzas tradicionales que requieren transformarse. Y ese proceso se está llevando a cabo, con o sin cripto.

En uno de nuestros bancos en las nubes, hablamos de que los dinosaurios de la vieja banca, por más digitalización que hicieran, no podrían evolucionar hasta convertirse en un tiburón. Hoy les confieso que estaba equivocado: el poder para sobrevivir puede lograr cosas increíbles.

Las finanzas tradicionales, en líneas generales, están convenciéndose de su imperiosa necesidad de evolucionar. De la mano de la propia cadena de bloques, de la inteligencia artificial, de búsqueda múltiple, ML y la minería de datos, están redescubriéndose y expandiéndose. Su propia naturaleza debería jugar en su contra a la larga. Sin embargo, eso no es obligatorio.

En segundo término, quienes impulsamos un sistema financiero distinto debemos aprender a reconocer los errores y las distintas opciones que están sobre la mesa. Una comparación de los avances que suceden dentro de las distintas plataformas que se están creando nos da algunas luces de lo que hablamos. Mientras las fintech, los neobancos y las pasarelas fusionan y utilizan distintas tecnologías para lograr su objetivo, los proyectos cripto no terminan de masificarse.

Y no lo digo yo, es por demás común cómo dentro del ecosistema cripto nos convertimos en nuestros peores detractores, y a veces en enemigos.

Un 2020 de impacto

Las mil cabezas del salto evolutivo, porque en este escenario nadie quiere quedarse por fuera. Una era digital combinada con una blockchain, que creó el Internet del valor, abrió las compuertas.

Los grandes bancos privados globales aprendieron a usar el protocolo de Ripple o de Stellar, pero para nada incluyendo a sus respectivas criptos en sus sistemas. Ahora, lo más seguro es que avancen, por un lado desarrollando sus propios tokens, y por el otro, creando o comprando estructuras como las fintech.

Las corporaciones mundiales más importantes ya conocen las posibilidades que les puede abrir una stablecoin propia. Se miran en el espejo de Facebook con su Libra y de Telegram con Gram. Mientras esperan el momento adecuado, investigan, prueban y desarrollan. Las opciones son demasiado poderosas como para dejarlas por fuera.

Los gobiernos poderosos para nada están dispuestos a ceder el control y la hegemonía que pueden tener. Son más lentos que el resto de los actores que pujan por diseñar el futuro, pero eso no los saca del juego. Junto con los órganos reguladores globales, tienen la facultad legal de imponer sus criterios, y la usan, sin lugar a dudas.

Un grupo de gobiernos menos influyentes parece intentar romper con las hegemonías tradicionales. Actúan de manera individual y podrían generar una interesante variación que los lleve a desarrollarse como cripto-naciones. Su éxito quizás resida en convencer a su propia sociedad de la viabilidad futura de estas nuevas finanzas.

El ecosistema cripto debe aprender a agruparse y actuar como iguales. Juntar todos aquellos proyectos que involucren desarrollar los preceptos básicos de esta disrupción. No hay una vía pura y única para lograr los objetivos finales. Este 2020, en definitiva, veremos cómo las mil cabezas del salto evolutivo siguen su curso. La utopía libertaria no a todos les quita el sueño. El futuro será de quienes realmente sepan interpretar y llevar a la práctica aquello a lo que la mayoría aspira.