Por Igor Domsac

Ya decía Confucio, quinientos años antes de Cristo, que «gobernar es rectificar». Y rectificar, según la Real Academia de la Lengua, en su quinta acepción, significa «corregir las imperfecciones, errores o defectos de algo ya hecho». Pues bien, ha llegado la hora de actualizar el sistema operativo de nuestras sociedades, gobernadas por grupos de individuos que se apoltronan en el poder para su propio beneficio. Y la descentralización, al menos, promete repartir el poder entre todos los organismos. ¿Será eso funcional para el sistema? Aún es pronto para poder decidirlo.

De momento, estamos empezando a darnos cuenta de que su implementación, en la práctica, no resulta tan sencilla como algunos lenguaraces nos la pintan. Muchos intereses comerciales pero, en el fondo, encontramos poca chicha. No hay más que analizar el caso de EOS, que ha reinventado el gobierno, pues 21 productores de bloques tienen el poder de congelar la totalidad de los activos que se hayan visto comprometidos. ¿Se puede considerar a eso una cadena de bloques sin permiso? ¿Se le puede denominar red de nodos distribuidos? Sinceramente, hablar de descentralización en estos casos no tiene mucho sentido. Y, sin embargo, intuimos que por ahí van a ir los tiros, y que ese constituye en realidad el adecuado camino. Y, si es así, ¿por qué nos cuesta tanto seguirlo?

En AgoraChain sucede lo mismo. Un grupo de quince miembros, el llamado Core, entre los cuales me incluyo, maneja de forma centralizada las riendas del asunto. Algunos se dejan los cuernos, otros aportan menos, y ni siquiera entre unos pocos logramos llegar a un acuerdo. Y eso que dentro del grupo nadie ha cobrado ni un duro.¿Tanto nos cuesta el consenso? Y, mientras, va madurando el discurso, cada uno hacia lo suyo, se ralentizan procesos, y va quedando patente que algo falla en el modelo. Las iniciativas altruistas se van diluyendo, otros solo participan para promocionar su proyecto. Aunque no haya jefes ni pirámides, la gente se acaba yendo, en favor de otros empleos donde, por invertir su tiempo, alguien les paga dinero, pues al final, en el fondo, sólo se trata de eso. «Poderoso caballero», ya lo advertía Quevedo

Pues sí, señores: la plaza cultural descentralizada la dirige un pequeño nodo central. Así pues, yo,desde aquí, propongo un cambio radical, un experimento de coherencia, un acto de psicomagia social y confianza ciega: entreguemos el gobierno a la comunidad. Disolvamos el grupo del Core, borremos de la web nuestros nombres, y observemos lo que pasa. A lo mejor, trascendiendo los egos, AgoraChain se vuelve a animar, pues así, desde luego, esto no parece funcionar. No tenemos nada que perder, y sí mucho que ganar. Que cada uno trabaje en lo que quiera trabajar. Sigamos adelante sin un órgano central. Hemos sembrado una semilla, ha crecido una revista, probemos a descentralizar. No podemos construir nuestras vidas sobre cimientos de mentira. ¿Y las decisiones? ¿Quién las tomará? Cada uno, como individuo, en sinergia con los demás. ¡Horror, será la anarquía, así no habrá quien decida…! Confía, AgoraChain, confía…

Si hemos alcanzando grandes logros gobernando entre unos pocos, imaginad lo que conseguiremos si el gobierno somos todos. Un solo proyecto, con infinitos nodos. Transparente, invulnerable, sin fisuras, pues sus múltiples ranuras lo harán más robusto, inexpugnable y resistente a la censura. Una plaza, verdaderamente descentralizada, donde nadie manda, pues el único rey que gobierna es la ley de la manada: todos cuidan de todos, a nadie le falta nada. Juguemos a reinventar el juego. Aprendamos del código abierto. Probemos a depositar nuestra confianza en los demás. El máximo beneficio individual solo se alcanzará cuando aprendamos a maximizar el bien de la comunidad, disolviendo la frontera entre ellos y nosotros. Aquí jugamos todos. Yo cada vez lo veo más claro. ¿Y vosotros?.