Por Igor Domsac

¿Te imaginas que un día eres tú mismo el dueño de tu información, el responsable de tu salud, y el único que gestiona las llaves de tu dinero? ¿Te imaginas que todos somos propietarios, al mismo nivel, de las plataformas que utilizamos a diario y los contenidos que generamos? ¿Te imaginas que podemos intercambiar entre nosotros servicios como electricidad, Internet o telefonía, comerciar libremente al instante nuestras creaciones con todo el planeta en mercados descentralizados o elegir exactamente a qué proyectos destinar nuestras contribuciones a las arcas comunitarias? ¿Te imaginas que te pagan por cada «me gusta» en las redes sociales? ¿Te imaginas que el gobierno y la banca somos todos? ¿Te imaginas que van cayendo, poco a poco, todos esos intermediarios parasitarios, que ya no necesitamos, y que coagulan el libre discurrir del mercado? ¿Te imaginas el grado de abundancia colectiva que podemos alcanzar si descentralizamos la gestión de nuestra sociedad? ¿Te imaginas el fiestón que nos podemos montar?

Tras atravesar la oscura noche del alma, después de cruentas batallas y muy lentas burocracias, comienza a vislumbrarse la luz del alba, pues llegan las matemáticas a suplir nuestras faltas. Como ha quedado patente a lo largo y ancho de los siglos, el poder corrompe al ser humano. La corrupción se ha convertido en una de las mayores lacras de nuestras sociedades. La tecnología blockchain destrona del poder a todo aquel que lo ejerce sobre otros para devolvérselo íntegro a cada individuo. Ya no hay quien pueda detener la tremenda potencia computacional de este gigantesco cerebro, formado por millones de ordenadores y dispositivos móviles de todo el mundo conectados entre sí para validar todas y cada una de nuestras interacciones con la red. Un registro inviolable, invulnerable y tremendamente poderoso que nos permite dejar de tener que pedir permiso para crear, trabajar, registrar, recibir y enviar dinero o desplazarnos por el mundo. Se trata de un salto cuántico en nuestra percepción de la sociedad, con un increíble potencial para actuar con mayor equidad y eficacia en todas las áreas de nuestra cotidianidad.

Venimos de un mundo de estructuras centralizadas, pirámides de poder y modelos jerárquicos que nos separan entre nosotros, obstaculizando el libre flujo de tareas, personas y capitales, generando desigualdades y privando de las necesidades más básicas a un gran número de habitantes del planeta. El mayor ladrón es el Estado: nos roba cada día, sin que nos demos cuenta. Nos roba en el IVA, nos roba en la Renta, nos roba con multas, aduanas, recibos, licencias, cada vez que utilizamos gasolina, realizamos un registro o transmitimos una herencia. Los Estados nos están robando, y a base de inflar la deuda han hipotecado el futuro de sus ciudadanos. ¿Y el dinero de las pensiones? Eso se lo han gastado, y pretenden que ese débito lo sufraguen los más necesitados. Sueldos vitalicios, prebendas, monarquías, ejércitos, armamentos, iglesias, brigadas de policía. Y no se conforman con hurtar de nuestra cartera el dinero que inventan, ahora quieren fiscalizar también las criptomonedas. A todas luces, desde cualquiera de las perspectivas, no constituye el mejor modelo para gestionar nuestras vidas. Algunos se van a quitar un tremendo peso de encima cuando descubran que el poder y la riqueza se redistribuyen y equilibran gracias a los últimos avances en criptografía. No hay manera de dar marcha atrás: la convivencia distribuida constituye la única salida a la desigualdad social que solo a unos pocos beneficia mientras condena a otros muchos a vivir en la inmundicia.

Caerán las coronas, los egos, los escaños, se disolverán los privilegios, los registros, los notarios, se sumirán en el olvido los viejos oficios, y emergerán nuevos escenarios. Descentralizados. El nuevo milenio ya ha cumplido su mayoría de edad: podemos emanciparnos, civiles y funcionarios, y comenzar a desmontar los engranajes de un Estado autoritario que reprime con violencia a quien tenga la osadía de cuestionarlo. No hay un segundo que perder: ha llegado el momento de transformar, desde todos los flancos, este inmenso aparato deshumanizado en un nuevo juego de acompañamiento respetuoso entre humanos, mirándonos a los ojos, con el corazón en la mano. El mayor beneficio personal radicará en el servicio que seamos capaces de prestar a nuestros propios hermanos.

Quienes ostentan puestos de poder, felicidades, han alcanzado la cumbre. Ahora, por favor, vayan desprendiéndose de las máscaras y delegando responsabilidades. En las nuevas comunidades no caben las autoridades, las decisiones se toman entre iguales, y la abundancia colectiva saldará con creces las deudas contraídas. Los diferentes actores, vayan tomando posiciones, nos disponemos a vivenciar la trepidante aventura que supone administrar nuestra riqueza de manera directa y colaborativa. La fiesta promete ser divertida. ¿Vamos preparando las golosinas?