Por Javier Callejo
Profesor de Sociología en la UNED

El concepto de plusvalía constituye una de las más relevantes aportaciones de Karl Marx, de cuya muerte se cumplen doscientos años el próximo 5 de mayo. La plusvalía supone el centro de su economía política y, en un afán de síntesis, puede definirse como el resultado de la capacidad del trabajo para, al aplicarse en el proceso de producción capitalista, generar valor. Es decir, el propietario de los medios de producción (capital, tierras, máquinas, etc.) se apropia de ese valor generado, a cambio del salario pagado al trabajador. Por ello, el marxismo califica la relación entre esos propietarios de medios de producción y los trabajadores como explotación.

El lenguaje utilizado nos lleva a los escenarios de los conflictos sociales que atravesaron la revolución industrial, durante el siglo XIX y buena parte del XX. Esos que parecieron apaciguarse con los pactos sociales que dieron luz al Estado del bienestar, sobre un modelo social —el fordismo— que, a su vez, se establecía sobre una tecnología de la organización calcada de las salas de despiece de los grandes mataderos. En lo que aquí nos interesa, subrayar que ese pacto significaba una más amplia y mejor distribución de los beneficios derivados de la extracción de plusvalía.

Hoy ese mundo de monos azules y cadenas de montaje, a lo Tiempos modernos de Chaplin, tal vez nos quede un poco lejos. Al menos, en el imaginario de las sociedades desarrolladas occidentales, donde casi todos los bienes de consumo nos vienen de un exterior sobre el que frecuentemente ponemos una capa de ignorancia respecto a sus condiciones laborales y de producción. Aquí, ya hemos pasado la fase de la sociedad del conocimiento y nos encontramos en plena economía de la atención.

Ahora, la columna vertebral económica de las sociedades parece estar formada por productores y distribuidores de mensajes y contenidos, que acaparan el tiempo de atención de pocos o muchos, quizá de pocos durante mucho tiempo o de muchos durante poco tiempo. También es posible que produzcan el tiempo de atención de muchos durante mucho tiempo. Sin embargo, en esta economía de la atención no existen apenas pactos, sino unos oligopolios o cuasimonopolios parecidos a los fabriles que se dieron hace un siglo, que prácticamente se apropian de toda la plusvalía de la atención generada con el trabajo de otros, y que después venden, en forma de datos o estrategias de marketing, a otras empresas. Por ejemplo, como bien sabemos, los que publican en la red, o ven cómo sus escritos, fotografías o vídeos son publicados por otros en la red, emiten mensajes en las redes sociales online y otras actividades relacionadas con la creación de contenidos.

Estos datos son utilizados para canalizar búsquedas y registrar la actuación de los ciudadanos-consumidores. Unos realizan los trabajos que consumen otros a través de canales como Google, Twitter o Facebook, siendo estos últimos los que, al quedarse con las huellas de los consumidores, las venden, sin reportar nada a los primeros.

Hagamos la traducción: la capacidad de llamar y atraer la atención de los primeros, generadores de contenido, es utilizada por los segundos —canales o propietarios de los medios de producir-canalizar la atención— para dar su servicio a terceros, a cambio de que estos dejen sus registros, que los segundos venderán a sus clientes. En la situación actual y volviendo al viejo lenguaje, la plusvalía es máxima y el reparto de beneficios generados por esa actividad resulta mínimo o inexistente, al monopolizar el control sobre el libro o banco de datos en el que queda registrado quiénes han visto-leído-escuchado qué.

Volvamos a las comparaciones y veremos que nuestro panorama actual se parece bastante al de los tiempos de Marx: apenas regulaciones sobre las condiciones en las que se extrae la plusvalía, ninguna distribución de los beneficios generados con las plusvalías. Eso sí, se cambia del héroe de mono azul, caminando con paso firme y martillo en mano hacia la revolución, a esa figura también mítica conformada por el internauta. Como en aquellos tiempos con los trabajadores, internautas somos todos, pero nadie en particular. De momento, no conozco a nadie que se presente como internauta. Pero todo se andará. Aquí es donde entra blockchain como posible marco para unas condiciones más transparentes de producción —saber quiénes y cuántos han leído mis textos, escuchado mi música o visto mis fotos— y una distribución más justa de los beneficios producidos por la plusvalía derivada de esos trabajos. Como una especie de relación o pacto social automatizado donde la gran base de datos, el gran diario que supone blockchain, se muestra accesible a todos los que posean unas mínimas habilidades. Al ser compartido, los creadores recibirían ingresos o, al menos, señales-registros, a partir de la atención producida por sus trabajos, directamente de los consumidores. De esta manera, tras la ruptura de la centralización en la canalización de la atención se encuentra la reforma hacia un tejido social formado por millones de pequeñas —e incluso pequeñísimas— comunidades alrededor de las cadenas de mensajes producidas por el mismo o los mismos creadores.

Tal vez suene un poco a cuento con final feliz, en el que la cadena de montaje se ve sustituida por la cadena de bloques, el obrero del martillo por el obrero de teclado y pantalla. Pero la situación actual parece difícilmente sostenible: nos encontramos en una especie de oscura Edad Media de Internet. De hecho, algunos han visto en blockchain la etapa madura para alcanzar lo que denominan socialismo digital. Ese concepto tan criticado por quien pasa por ser el máximo crítico del mundo digital, como es Mozorov. Se esté de acuerdo o no con este Zizëk de lo virtual, resulta paradójico que la alternativa a la crítica que se realiza a la economía política de lo digital venga de la economía criptopolítica.