Por Gustavo Segovia

«Solo podemos ver un pequeño pedazo del futuro, pero lo suficiente para darnos cuenta de que aún nos queda mucho por hacer»
Alan Turing

Blockchain es sin duda esa tecnología que nos permite replantearlo todo, una herramienta para construir nuevos paradigmas financieros, económicos, sociales, políticos, y quién sabe cuántos más. Quizás el más curioso aspecto que conviene estudiar y analizar sea el de la gestión de comunidades, ahora de manera abierta y descentralizada.

Ese es, de hecho, el principal reto que debe afrontar AgoraChain. Como sabemos, el ágora era una plaza abierta, un lugar reservado en la Antigua Grecia para las reuniones de sus ciudadanos, un espacio cuya función principal consistía en servir como centro de gobierno donde se debatía y decidía el futuro de las leyes y demás cuestiones de interés común. El propósito de AgoraChain no difiere mucho de las viejas ágoras, solo que en nuestro caso disponemos de una plaza digital, donde personas digitales, y muy pronto con identidades criptográficas, podrán decidir el futuro de la comunidad.

Sin embargo, el ecosistema no está listo todavía. Sabemos lo que viene, sabemos lo que es posible, pero no disponemos aún del desarrollo tecnológico y cultural necesario para optimizar la gestión de organizaciones autónomas que se gobiernen de una manera descentralizada.

Nuestra propuesta resulta clara: una plaza cultural descentralizada, pero a la vez confusa, pues los términos cultura y descentralización suelen resultar muchas veces más subjetivos de lo que deberían. En AgoraChain nos hemos dado cuenta de que la principal herramienta para generar y transmitir cultura se encuentra en la comunicación social. Los medios se han erigido en principales artífices de nuestros actuales esquemas culturales heredados de la era industrial, los cuales, si los analizamos a fondo, se basan en la promoción del consumismo y en la cultura del miedo para moldear nuestros comportamientos e incluso valores y demás sistemas de creencias.

En AgoraChain nos hemos valido de la colaboración de muchos miembros de la comunidad para llegar en apenas tres meses, desde que viera la luz nuestro primer número, a un pequeño pero significativo éxito. Hemos validado que nuestra oferta de valor resulta apreciable y demandada en distintas comunidades, hemos validado que hay mucha gente dispuesta a trabajar por generar valor para la comunidad, un incentivo intrínseco en muchas personas, que no piden tokens a cambio de participar en un proyecto del cual se sienten parte. Un mecanismo que funciona, pero cuya sostenibilidad se pone en duda en lo que respecta al medio y largo plazo.

Y es que a pesar de que el voluntariado sea enriquecedor para muchos, el nivel de compromiso resulta volátil e incierto, pues lastimosamente aún vivimos en una sociedad donde nos hace falta un incentivo extrínseco como el dinero, lastimosamente necesario para subsistir en el día a día.

AgoraChain necesita un equipo que lleve sus operaciones diarias, el llamado core, un grupo de personas que tienen la difícil tarea de centralizar algo que en su esencia debe ser descentralizado, un único punto de fallo que, a pesar de contar con unas ganas infinitas de llevar el proyecto al mayor éxito posible, sufre las vulnerabilidades humanas a las que andamos acostumbrados: sesgos cognitivos e informativos, inseguridades, miedos y egos. Pero, como un especialista en seguridad debe tener muy presente, las vulnerabilidades se solucionan (o en su defecto se «parchean») solo si las descubrimos primero y tomamos consciencia de ellas.

Somos seres humanos
La plaza está compuesta por personas, y debemos afrontar la naturaleza de ello. Los individuos, además de racionales, somos emocionales e instintivos: tendemos a protegernos de lo que nos causa incertidumbre o inseguridad. Así como en las antiguas ágoras se vivían dramas, discusiones y distintas divergencias y confrontación de opiniones, debemos permanecer abiertos y permitirnos vivirlas nosotros también. Hay mucho que hacer por delante, y el hacer se empieza haciendo, observando y aprendiendo.

La descentralización no se muestra nada ajena a estos procesos y dramas humanos. Los individuos que quieran adentrarse en el dominio de las DAOs deberán adaptarse a nuevos paradigmas de comportamiento. La figura del jefe que da órdenes se elimina por peers que hacen, proponen y defienden ideas. La figura de gestor cambia por entes de liderazgo que sirven de referencia en determinados roles o funciones. Comandar y controlar ya no se acepta en este tipo de organizaciones: la confianza juega ahora un rol fundamental que no se debe descuidar en lo más mínimo. Los líderes ya no son los poderosos, sino los capaces de inspirar a la acción a los colaboradores, y se debe aceptar el caos y la ambigüedad en el lugar del orden y la predictividad.

Ya hay pioneros en este ámbito que tienen mucho que enseñarnos. Probablemente la mejor definición de una DAO la encontraréis en el whitepaper de Aragon, donde dicen que una DAO «es una organización capaz de actualizarse a sí misma». Los mismos que defienden la promoción de descentralizar el diseño y desarrollo de sus operaciones, al asignarle recursos a una potencial competencia, retan a sus competidores a hacer las cosas mejor que el propio core, por lo que, de hacerlo, cederían incluso su lugar en las funciones que actualmente desempeñan.

La descentralización es de todos. Mientras más cuestionemos la manera corriente de hacer las cosas, y más confrontación y críticas permitamos, más cerca nos encontraremos de cumplir nuestro objetivo.