Por Gustavo Segovia

Te explicaré por qué estás aquí, estás porque sabes algo, aunque lo que sabes no lo puedes explicar, pero lo percibes (…) algo no funciona en el mundo, no sabes lo que es, pero ahí está, como una astilla clavada en tu mente, y te está enloqueciendo (…) ¿Sabes de lo que te estoy hablando?» Morfeo (Matrix).

Muchos hemos visto a Bitcoin y otras blockchains o criptomonedas como aquella pastilla roja que nos ofrece un mundo libre del poder económico centralizado, como una manera más justa de generar, transmitir y resguardar valor superponiendo el poder comunitario sobre los tradicionales agentes de autoridad. Pero, ¿y si hay otras pastillas que aún no nos han ofrecido o hemos encontrado por nosotros mismos? ¿Puede haber una Matrix dentro de la Matrix?

En mi artículo anterior de este magazine, probaba a desmitificar la figura de la moneda como tal, proponiendo un sistema simplificado de tokenización del trueque, donde se dejaba el dinero fuera de la ecuación, pero necesitando siempre un sistema de valor de referencia (T, en nuestro caso).

Pero, ¿de verdad necesitamos siempre tal referencia? Pues el paradigma económico de la escasez en el que estamos sumergidos afirma que sí. Asumiendo que los recursos que manejamos son escasos, nuestra psique nos obliga a demandar algo a cambio por los productos o servicios que podemos y estamos dispuestos a ofrecer, lógico, puesto que si lo entregamos todo sin solicitar nada a cambio pondríamos nuestra propia vida en riesgo al quedarnos sin recursos (no tendríamos con qué comer, ni vestirnos ni siquiera donde vivir). A muchos nos gusta compartir, es emocionalmente beneficioso, pero también tenemos un ego que busca nuestra supervivencia, la cual parece ser imposible de obtener si damos a los demás todos nuestros recursos.

La economía que conocemos hoy en día funciona completamente bajo tal paradigma de la escasez, y Adam Smith basa su tesis de la «riqueza de las naciones» en ello: los libres mercados y las industrias necesitan operar bajo tal esquema, pues los procesos de producción tienen costes marginales que son cubiertos con recursos finitos, que buscarán luego cubrir necesidades, ya sean sociales o individuales, a cambio de un precio superior que permita maximizar beneficios, y continuar así con el ciclo, para tener cada día más, pues claro, bajo un ambiente de escasez la tendencia a acumular riquezas es lógica y racional. Curiosamente, hemos olvidado que el dinero es un medio para generar nuevo valor en vez de un fin que se ha de perseguir a cambio del valor otorgado.

Nos han enseñado que los bienes son escasos, que debemos competir por más recursos. Incluso disrupciones en nuestro ámbito siguen con tal paradigma. A mí me parece fascinante el hecho de que el diseño de Bitcoin haya tenido que adaptarse a las antiguas (y actuales, por ahora) creencias para tener éxito como nuevo sistema económico, y cómo ha sido capaz de abrir nuestras mentes a un nuevo tipo de economía digital. Sin embargo, no deja de ser un sistema que promueve la competición, un sistema de emisión limitado a un escaso número de 21 millones que se sustenta financieramente sobre la expectativa de que, como el oro, su precio suba según el incremento de la demanda, siendo su coste de generación una variable de poca influencia en la valoración del mismo.

 

Pero, ¿cómo negar que debemos vivir en un paradigma de escasez si vivimos en un planeta de recursos finitos? Pues fácilmente, tomando consciencia de que vivimos en un planeta de recursos infinitos, sí, los llamados recursos renovables. Tenemos un sol que nos provee de infinita energía solar, tenemos una madre Tierra que está viva y genera vegetales, frutos, árboles, y animales, e incluso personas, que administrados de una manera óptima podrían efectivamente generar un sistema de abundancia del que todos podamos formar parte, otorgando el valor que cada uno de nosotros lograría generar para el beneficio del procomún.
Y es que algo tenía que haber de alguna manera antes de que se inventase el dinero o empezáramos a intercambiar valor con el trueque (si es que de verdad ha pasado en algún momento de nuestra historia). Recordemos que la civilización como tal empezó en el momento en que las antiguas tribus nómadas que vivían de la caza y la recolección cambiaron sus hábitos y se asentaron a vivir de la agricultura. Este método de producción tan innovador permitiría a nuestros antepasados cubrir sus necesidades básicas alimenticias de tal manera que pudiesen enfocarse en innovaciones tales como la construcción de casas, ruedas, barcos, vestimentas y, lastimosamente, armas y estructuras jerárquicas para protegerse de ataques por parte de aquellos que no viviesen como ellos en un paradigma de abundancia, lo que probablemente llevó a nuestra cultura a desarrollarse bajo tales esquemas que ya conocemos.
Pero no todo ha ido por tal camino: aborígenes australianos de hoy en día han logrado la supervivencia de una cultura que ha sido capaz de subsistir durante miles de años sin manejar el concepto de dinero, un sistema basado en generosidad comunitaria que da por presupuesto que todos deben compartir y dar lo que tienen de manera tal que las necesidades de todos sean cubiertas, puesto que cada individuo de la comunidad realiza las actividades que mejor se le dan, produce los materiales o alimentos que mejor se le da producir. El agregado de todos los esfuerzos termina entonces en satisfacer las necesidades fisiológicas y emocionales de sus individuos, progresando socialmente además, de una manera consensuada deliberadamente o no.

Teniendo en cuenta la célebre frase de Smith donde afirmaba que «es el interés propio el que dirige todos los aspectos del comportamiento y la actividad humana»[1], Mancur Olson argumentaba en 1965 que «a menos que el número de individuos sea muy pequeño, o a menos que exista coerción o algún otro dispositivo especial para hacer que los individuos actúen a favor de su interés común, individuos racionales con intereses propios no actuarán para lograr sus intereses comunes o de grupo»[2], me atrevo a afirmar que blockchain es ese dispositivo especial, es esa pastilla roja que nos invita a imaginar, diseñar, desarrollar, implementar, mantener y renovar nuevos sistemas socioeconómicos que permitan la entrada a nuevos paradigmas que lograrían un mundo más rico y más justo. Si todo a nuestro alrededor está cambiando a velocidades sorprendentes, ¿cuándo empezaremos a permitir a nuestras mentes hacer lo mismo?

[1] Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. 1776. Adam Smith
[2] La lógica de la acción colectiva. 1965, Mancur Olson