Por Gustavo Segovia


Es una pena que nuestra sociedad parezca guiarse automáticamente por ciertas normas y conceptos preestablecidos por una herencia cultural que no hemos decidido seguir ni adoptar, pero sin embargo ha sido capaz de moldear nuestros valores, creencias y comportamientos sin dar lugar alguno al cuestionamiento de los mismos ni ofrecer opciones para que pueda existir en realidad algo mejor a lo que ya damos como presupuesto.

En la actualidad, manejamos e intercambiamos dia- riamente el dinero, y pareciera en muchos que generarlo supusiera el fin de nuestra existencia. Tenemos la impresión de que constituye un bien primordial para nuestra subsistencia, pues con él nos podemos procurar un techo, vestimenta, un coche (o, en su defecto, un billete de metro), y nuestro pan de cada día. Damos por sentado que sin él no podemos vivir y, aceptémoslo, mientras que todos demos por sentado lo mismo, aunque para unos pocos la necesidad del dinero sea solo una ilusión, el hecho de que las mayorías lo acepten como realidad significa que tal ilusión colectiva termina materializándose en realidad, incluso para aquellos “iluminados” que ven en el dinero un artificio que solo permite que los poderosos lo sigan siendo, mientras que otros se adentran en la llamada rat race o “carrera de ratas”, para someterse a un sistema que priva al individuo de su libertad plena a cambio de unos trozos de papel o unos números en una cuenta bancaria, papeles o números que, por cierto, habrán sido creados con mucho me- nos esfuerzo del que hemos aplicado nosotros para obtenerlos.
La economía moderna estudia los mecanismos de generación, intercambio y distribución de los bienes y servicios de una sociedad, y el dinero parece cum- plir la función de un torrente sanguíneo que debe fluir por todo el ecosistema para que este se mantenga vivo, sano, y a la vez creciendo y generando bienestar. Pero, ¿es el dinero el único medio para oxigenar la sociedad con la generación y distribución del valor? ¿Cómo funcionaba la economía de nuestros antepasados, cuando no teníamos bancos centrales que decidieran cuánta sangre iba a correr por nuestras venas?
Según varios antropólogos, el inicio de la economía se dio con colaboraciones abiertas de los individuos para con sus comunidades, donde, más que esperar un valor a cambio de los bienes ofrecidos, las perso- nas esperaban más bien asentar lazos relacionales con sus contrapartes en una economía de obsequios (esperamos retomar este tema con más detalle en una próxima edición). El trueque era en sí mismo un método muy eficaz de generación de valor, aun a pesar de presentar ciertos problemas, como el de la coincidencia de necesidades, donde un intercambio se podía dar solo al encontrar una contraparte que ofertara un bien o servicio que el individuo demandase, y viceversa, y el de la carencia de unidad de cuenta, que hacía muy difícil cuantificar qué tanto de un bien o servicio ofrecer a cambio de qué tanto del otro. Estos proble- mas los vino a resolver en un principio el dinero, pero a su vez introdujo otros, como la desigualdad causada por quienes por avaricia crearon pólizas monetarias y productos financieros que, más que generar un valor real o tangible, gestaron un humo financiero que luego dio lugar a grandes crisis económicas, haciendo al rico más rico y al pobre más pobre.

Según Aristóteles, cada objeto tiene dos usos: el primero sería el propósito original para el cual fue diseñado, y el segundo la concepción del objeto como un artículo para dedicar al trueque (o vender una vez inventado el concepto de dinero). Analizando una transacción comercial simple entre tres agentes racionales de un mercado hermético e imaginario con solo tres productos que ofrecer, tenemos a Andrés, quien es dueño de las reservas de agua, también está Betty, quien produce pan, y Carlos, el tío de los chorizos.
En una situación previa al intercambio que sus ne- cesidades empujaran a ejecutar, el valor de mis excedentes es bajo para mí, es decir, Andrés cubre sus necesidades con una unidad de agua al día (digamos que una unidad equivale a dos litros en el caso del agua), pero los otros litros que aún tiene a disposición no tienen ya el mismo valor. Sin embargo, el excedente de panes de Betty tiene más valor para mí de lo que tendría para ella. Veámoslo con tablas y números. Asumamos que cada participante tiene tres unidades de su producto, y que para sobrevivir ese día necesita un producto de cada uno. Cada uno de estos productos a su vez tendrá un valor subjetivo para cada uno de ellos, y tal subjetividad depende de la necesidad de cada quien de tener una dieta completa. Es decir, para Andrés su primera unidad de agua podrá tener un valor de 10 T (unidad de valor imaginaria), mientras que la segunda y la tercera tendrán menos, aleatoriamente asignémosles 7 T y 3 T, respectivamente. También aleatoriamente, y con fines de simplificación (recordemos que la asignación del valor es subjetiva para cada personaje), lo mismo para Betty y Carlos.

Resumiendo, tendríamos el siguiente inventario:

Recordemos que T es un valor imaginario y emocional, puesto que los participantes están solo reali- zando un trueque. Podemos asumir, visto que cada individuo necesita para subsistir tanto una unidad de su producto como una unidad del producto de los demás, que para cada uno de ellos el valor en T de los demás productos es igual a la primera de las unidades que cada individuo produce. Es decir, 10 T. De tal manera, una vez realizado el trueque para que cada quien tenga su cesta básica con una unidad de agua, otra de pan, y otra de chorizo, y a la vez el valor del total de sus productos se incremente en 10 T a cada uno, tendremos entonces una tabla de la si- guiente manera:

Se verifica entonces a simple vista cómo el trueque puede generar valor individual y grupal, no solo por el alza de esa unidad de valor imaginaria llamada T, sino que de no haberse hecho tal transacción los individuos no podrían continuar con sus vidas, y les habría sido imposible quizás construir casas, diseñar arte, tocar música, tener una familia, y generar todo el valor que una persona puede hacer a lo largo de su vida.
Nuestra cultura, y específicamente nuestros sistemas de creencias, nos han enseñado que de economía y de sistemas financieros entienden solo las altas élites.
De hecho, en muy pocos países enseñan economía como parte de nuestra educación básica. En realidad, las cosas podrían ser mucho más fáciles de lo que nos han hecho creer. Por primera vez en la historia de la humanidad disponemos de una tecnología que nos permite intercambiar bienes y servicios de la manera en que queramos y no como se nos ha impuesto.
Así pues, el reto principal estará en obtener el llamado efecto red dentro de nuestras comuni- dades para que las nuevas economías que podremos y tendremos que diseñar aumenten su valor común y, por consiguiente, el bienestar de todos los individuos pertenecientes a ellas.