Por Beatriz Alegre Villarroya

 

La inteligencia artificial se encuentra en su momento histórico de mayor auge. Las incógnitas que giran en torno a esta nueva realidad resultan innumerables, abarcando cuestiones económicas, éticas, sociológicas y también jurídicas. Sin embargo, de nada servirá que intentemos hacer frente a estas nuevas cuestiones si no llegamos a comprender el verdadero significado de la inteligencia artificial.

¿Qué es la inteligencia artificial o IA?

Es hora de dejar a un lado los titulares sensacionalistas que abocan a la ciencia ficción. La inteligencia artificial consiste, en muy pocas palabras, en una herramienta tecnológica con base matemática que permite solucionar problemas complejos, basándose en la probabilidad y la optimización. No podemos hablar de cognoscencia propia o de pensamiento, sino de relaciones lógicas deterministas. Así, todas las posibles repercusiones que esta nueva realidad tiene en nuestro ordenamiento jurídico han de partir de ese concepto instrumental, evitando la «humanización» de la tecnología.

Adaptaciones del Derecho a la IA

A pesar de la multitud de adaptaciones que pueden estudiarse como consecuencia de la aparición de la IA, una de las cuestiones más controvertidas tras la llegada de la inteligencia artificial la encontramos en el hipotético reconocimiento de la misma como autora de creaciones susceptibles de constituir propiedad intelectual e industrial.

Hasta el momento, en los países continentales se ha venido exigiendo que el autor de una obra lo encarne una persona natural. El problema que surge con la aparición de la IA radica en el nivel de sofisticación de esta tecnología, pues puede dar lugar a obras o invenciones, como por ejemplo canciones.

Para dar una respuesta a este conflicto, debe hacerse referencia al proceso de creación como tal. Siguiendo el ejemplo anterior, las relaciones deterministas que caracterizan a la inteligencia artificial hacen que la creación de una canción suponga simplemente una asociación de datos, de manera que se unan los sonidos más armónicos, dando lugar a una melodía concreta que será siempre idéntica si la inteligencia artificial tiene la misma base de datos. Podría decirse que la IA es un medio para facilitar la creación, de manera que la autoría de la obra sigue recayendo en la persona. De no ser así, sería como tratar de reconocer autoría a las operaciones matemáticas en las que se apoya un teorema de física en lugar de dar crédito a quien enuncia dicho teorema con apoyo de las matemáticas.

En conclusión, la autoría debe corresponder a quien desarrolle la estructura de la inteligencia artificial y aporte la base de datos, permitiendo su «aprendizaje».

Cuestiones éticas

Los posibles dilemas morales y éticos que plantea este fenómeno tecnológico no surgen con motivo de la actuación de la inteligencia artificial, sino con respecto a la persona que la crea o la utiliza. Un robot o una máquina dotada de inteligencia artificial no cuenta con capacidad para distinguir valores morales, sino que sus acciones se limitan a llevar a cabo la tarea para la que ha sido diseñada.

Si la sociedad avanza hasta un momento en el que los robots posean sensibilidad y conocimiento, habrá que dar respuesta a una de las preguntas éticas más determinantes planteadas hasta el momento: ¿deben tener un ser humano y un ser artificial el mismo estatus moral?

Sin embargo, la formulación de esta pregunta ahora mismo se antoja inútil, puesto que la realidad alcanzable a corto, medio e incluso largo plazo se encuentra aún muy lejos de alcanzar ese nivel. A pesar de que los avances tecnológicos se realicen a pasos agigantados, no se concibe la posibilidad de crear una persona de forma artificial, puesto que la complejidad de esta tecnología supone un límite difícil de superar por el ser humano.

Cambios acelerados

Debemos tener presente que no solo la tecnología avanza, sino también la sociedad. Por tanto, intentar encontrar respuesta a una pregunta de aquello que no existe y que no sabemos cuándo lo hará, y teniendo en cuenta la imposibilidad de conocer la situación social en ese momento, carece de toda lógica. El objetivo a día de hoy debe ser entender a qué nos enfrentamos de verdad y resolver los posibles conflictos morales que puedan surgir en la realidad que nos rodea, por lo que nuestros esfuerzos deben dirigirse en esta dirección.

Uno de los ejemplos más llamativos en cuanto al papel de la ética viene de la mano de los vehículos autónomos, los cuales se encuentran cada vez más próximos al mercado. Dilemas que hasta ahora habían permanecido anclados en la filosofía aparecen hoy como decisiones que tenemos que establecer para dar un código de conducta a un robot inteligente.

El experimento del tranvía (Philippa Foot, 1967), ejemplo clásico en estudios de ética y moral, ha pasado del plano moral al fáctico. En el supuesto de que un tranvía fuera de control amenazase con matar a una persona si cambia de vía apretando un botón, o a cinco si sigue su camino, ¿qué decisión es la que debe escogerse? Llegado el momento en que deban proporcionarse instrucciones a un robot de cómo actuar en casos como este, es necesario que se dé respuesta a esta pregunta, que durante tantos años ha supuesto una fuente de conflicto y debate en la ética y la moral.

¿Legislar, o interpretar la normativa existente?

Cuando hablamos de adaptación del Derecho a la inteligencia artificial, la primera cuestión que habremos de determinar es qué debe adaptarse a esta nueva realidad. Pero una vez analizadas las posibles repercusiones que puede haber, cabe preguntarnos cómo llevar a cabo esa adaptación.

En mi opinión, la solución más eficiente pasa por una doble vía procedimental: elaborar nueva legislación e interpretar la ya existente.

Esta nueva realidad tecnológica trae consigo nuevos problemas y dilemas jurídicos que deberán recogerse en legislación de nueva creación, puesto que nuestro ordenamiento no se encuentra preparado para absorber sin apenas cambios la conocida como cuarta revolución industrial. Sin embargo, debe aprovecharse la legislación que ya existe en la medida de lo posible, extendiendo el contenido de la ley para que una nueva realidad análoga a otra existente quede recogida bajo el mismo precepto.

En cualquier caso, es fundamental que la adaptación del Derecho a la inteligencia artificial se realice con prudencia y apoyo de expertos técnicos, puesto que la esencia de cualquier progreso en el marco jurídico, especialmente cuando debe adaptarse a una realidad tecnológica tan compleja como esta, debe basarse en la aplicación de tres pautas: conocer, reflexionar y actuar.